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José Gutiérrez Solana (Madrid, 1886-1945)

Los ermitaños

hacia 1931

INFORMACIÓN DE LA OBRA

Óleo sobre lienzo, 220 x 170 cm

OTRA INFORMACIÓN

Firmado en el ángulo inferior izquierdo “J. Solana”

Aunque no es frecuente la representación de figuras aisladas en los temas religiosos de Solana, la figura del ermitaño, personaje entregado a la vida contemplativa, surge en dos importantes trabajos. En 1907, siguiendo los escritos de Valle Inclán, traslada al lienzo la figura de un eremita rezando y en 1931, a partir del relato del siglo XIII del dominico Santiago de la Vorágine en La leyenda dorada, pinta el momento de la visita que en el siglo III realiza San Antonio Abad a San Pablo, primer ermitaño conocido de la historia.

El mismo tema, San Antonio Abad y San Pablo, primer ermitaño, fue pintado en 1634 por Diego Velásquez, pintor profundamente admirado por Solana por su luz y su verismo, cuya obra contempló, sin duda, en alguna de sus asiduas visitas al Museo del Prado. Ambas obras guardan grandes similitudes en el tratamiento del paisaje, en la disposición de la escena e incluso en el uso del color.

Es una pintura de gran belleza en la que los dos santos son presentados con gran dignidad, mediante una composición romboidal conceptualmente clásica. El paisaje de fondo es quizás el único de su producción creado no como telón de fondo, sino como un canto a la naturaleza. El modelo sigue fielmente una pintura anónima del siglo XVII que el pintor había adquirido en el Rastro.

Solana presentó Los ermitaños a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1945, consiguiendo a título póstumo la Medalla de Honor, máximo galardón para un artista. Fallecido el pintor en esos días, su hermano Manuel deseoso de conservar esta obra, entregó en su lugar al Estado La procesión de la muerte, que hoy se encuentra en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

María José Salazar