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Don Quijote en su batalla con los pellejos de vino, hacia 1725

Óleo sobre lienzo, 160 × 220 cm

PANTALLA COMPLETA

Valero Iriarte

Zaragoza, 1685 – Madrid, hacia 1744

Natural de Zaragoza, Valero Iriarte se trasladó en 1711 a la corte por orden de Felipe V «por haber sido el que con más acierto retrató al príncipe en Zaragoza». En Madrid se relacionó con el pintor francés Michel-Ange Houasse y debió moverse en círculos cercanos a la reina Isabel Farnesio. Su condición de retratista de distintos miembros de la familia real fue reconocida en 1740, después de algún otro intento, con el título y sueldo de pintor del rey. Retrató también a personajes de la nobleza o de la burguesía de toga, médicos... conociéndose alguna pintura religiosa y sobre todo escenas con historias del Quijote (Museo del Prado).

La escena representada en la obra de la Colección Banco Santander alude a la historia incluida en el capítulo XXXV de la novela de Miguel de Cervantes Don Quijote de la Mancha, cuyo epígrafe en la edición publicada por la Real Academia se titula «Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto y se da fin a la novela del Curioso impertinente».

El artista siguió bastante al pie de la letra el texto cervantino: «Y con esto entró en el aposento y todos tras él, y hallaron a don Quijote en el más extraño traje del mundo. Estaba en camisa, la cual no era tan cumplida que por delante le acabase de cubrir los muslos y por detrás tenía seis dedos menos. Las piernas eran muy largas y flacas, llenas de vello y no nada limpias; tenía en la cabeza un bonetillo colorado grasiento, que era del ventero. En el brazo izquierdo tenía revuelta la manta de la cama con quien tenía ojeriza Sancho, y él se sabía bien el por qué, y en la derecha desenvainada la espada, con la cual daba cuchilladas a todas partes diciendo palabras como si verdaderamente estuviera peleando con algún gigante […]».

El interés sentido hacia el Quijote por el monarca Felipe V desde los días de su juventud, cuando escribió una breve imitación, se tradujo años más tarde en los sucesivos encargos que de pintura realizó teniendo por argumento diferentes episodios del ingenioso hidalgo manchego. El primero en recibir la orden de pintar historias del Quijote fue el francés Michel-Ange Houasse y también la cumplieron los italianos Andrea Procaccini y Domenico Maria Sani.

Los españoles que durante aquel reinado representaron asuntos de la novela cervantina fueron el zaragozano Iriarte y el madrileño Juan Pedro Peralta (Madrid, h. 1686/1688 – 1754), buen bodegonista, el cual estando la corte en Sevilla «hizo unos cuadros al óleo en pequeño de la historia de don Quijote» gracias a los cuales los reyes le otorgaron el empleo de pintor de cámara.

Los elementos de naturaleza muerta presentes en el lienzo podrían hacer pensar en la paternidad de Peralta, pero los mismos elementos accesorios y la similitud de las figuras y hasta del propio escenario con las pinturas de Iriarte conservadas en el Museo del Prado (cat. n.º P1162 y P1163) permiten adscribirle la pintura a este último artista. Su mismo colorido terroso, la concepción del espacio, el gusto por los pormenores anecdóticos, su minuciosidad y la admiración que siente por Houasse son elementos que refuerzan la atribución. El Museo Casa de Cervantes (Valladolid) posee un original del mismo artista e idénticas medidas que narra la historia de don Quijote y su escudero Sancho presenciando el entierro del pastor Grisóstomo rechazado por la esquiva Marcela (caps. XIII y XIV de la primera parte) y que, sin duda, tendrá idéntica procedencia. [Jesús Urrea]