Volver

Siwa, 1988

Técnica mixta sobre lienzo, 190 × 280 cm

Inscripción al dorso: «Siwa / Alfonso Albacete»

PANTALLA COMPLETA

Alfonso Albacete

Antequera, Málaga, 1950

 Alfonso Albacete, que siempre ha declarado ser «un pintor que se hizo arquitecto», se instaló muy joven con su familia en Murcia, donde fue discípulo de Juan Bonafé. Sus primeras exposiciones individuales tuvieron lugar a principios de los años setenta en Murcia, Madrid y Valencia. Asistió al Círculo de Bellas Artes de Valencia, prosiguiendo sus estudios en la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid. En 1977, con la carrera terminada, retomó en plenitud la pintura y en 1979 realizó en la madrileña galería Egam una exposición individual que le dio a conocer. 

Pertenece por generación a la nómina de pintores que emergieron en el mundo del arte madrileño a fines de los años setenta y principios de los ochenta (Campano, Quejido, Pérez Villalta, Pérez Mínguez, Alcolea, Franco, Gordillo, Cobo y Molero). Esta generación fue abandonando experiencias conceptuales anteriores para volver a la pintura desde la perspectiva proporcionada por las vanguardias históricas y las recientes abstracciones. Albacete, que transitará desde entonces entre la figuración y la abstracción, se sintió especialmente impactado por el expresionismo abstracto americano y por artistas como Jasper Johns, Richard Diebenkorn o Helen Frankenthaler, además de Cézanne o Matisse. El rico cromatismo y la firme estructuración de sus composiciones con figuras y espacios muy luminosos, fueron factores que pronto reconoció la crítica de arte más activa de entonces. Posteriormente, ha sido la galería Marlborough la que ha llevado su obra en el contexto internacional.

En 1988, año de Siwa, Albacete hizo una exposición de su obra desde 1979 en el Museo Español de Arte Contemporáneo, Madrid. También expuso junto a Santiago Serrano en la galería Egam, siendo la primera de una serie de exposiciones conmemorativas –llamadas Versus– de los veinte años de la galería. El tema inicial que habría de aglutinar a estos dos pintores y dos críticos, José Luís Brea y Miguel Logroño, era Las elegías de Duino de Rainer María Rilke. 

La obra nos presenta un fondo de color ocre rojizo irregular en el que son visibles pinceladas, manchas de tonos diferentes y chorreados de la pintura. El centro de la composición está ocupado por un cuadrado negro y una gran mancha del mismo color. En ambos lados, cuatro rectángulos, pardos los más pequeños y cercanos y blancos los más grandes y lejanos, que evocan un ámbito espacial con cierto misterio pero sin definir. Sobre los dos «pilares» blancos vemos unas rosas –relacionadas tal vez con un poema tardío de Rilke dedicado a esas flores– y un arbusto, puede que la higuera con la que el poeta da comienzo a su sexta elegía. En el centro, destaca en rojo el perfil de una cabeza masculina inclinada hacia abajo.
 
Albacete eligió la sexta elegía que Rilke dedica al héroe: «Nosotros en cambio nos demoramos, ay, ponemos nuestra gloria en florecer y entramos traicionados en el retrasado interior de nuestro futuro finito». El héroe es el gran Alejandro, y el oasis de Siwa que da nombre al cuadro es el lugar donde se hallaba el oráculo de Amón, al que acudió Alejandro para preguntar si su verdadero padre no era Filipo, sino el propio Zeus. Siwa se halla en el desierto egipcio no lejos de la frontera libia, y los restos de la antigua ciudad poseen un color arcilloso parecido al fondo de este cuadro. En su viaje a Egipto, el poeta alemán llegó hasta ese lugar evocador de la soberbia grandiosa de Alejandro. Declarándose hijo de Zeus, Alejandro emprendió el viaje más largo e imperialista que le llevaría, joven aún, a su final. La melancolía de la muerte del héroe está implícita en la cabeza de Alejandro sobre la que Albacete siguió trabajando, especialmente en las series de dibujo y obra gráfica Siwa y Alejandro. [Carmen Bernárdez]