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Retrato de caballero, 1883

Óleo sobre lienzo, 61 × 45,5 cm

Firmado y fechado en el ángulo inferior derecho: «F. Domingo / 1883 / París»

PANTALLA COMPLETA

Francisco Domingo Marqués

Valencia, 1842 – Madrid, 1920

Francisco Domingo Marqués se formó en la Escuela de San Carlos de Valencia, aunque realizó el curso 1863-1864 en la de San Fernando de Madrid. Sus comienzos, como era habitual, se enmarcan en la pintura de historia. De esta etapa son El beato Juan de Ribera en la expulsión de los moriscos –mención honorífica en la Exposición Nacional de Bellas Artes celebrada en Madrid en 1864– y Un lance del siglo XVII –tercera medalla en la de 1867–. Completó su formación en Roma, gracias a una pensión de la Diputación de Valencia (1868-1869), desde allí envió a la entidad su obra El último día de Sagunto1. 

Ya en Valencia se instaló en el llano de la Zaidía, en un local denominado La Gallera al que acudieron como aprendices los hermanos Benlliure, y fue nombrado profesor de dibujo del antiguo, del natural y de paisajes en la Escuela de San Carlos, donde tuvo por discípulos a Emilio Sala e Ignacio Pinazo, entre otros. Pronto dejó el cargo y se instaló en Madrid (1872), donde pintó, entre otras obras, el plafón Una fiesta bajo Luis XV para los duques de Bailén. 

En 1875 se instaló en París, donde heredó en cierta manera parte de la clientela del recién fallecido Mariano Fortuny. Lo que en el artista de Reus era brillante minuciosidad, en Domingo, siguiendo la línea de su Sagunto, solía ser abocetamiento, espontaneidad, al servicio de escenas de género ambientadas en los siglos XVII y XVIII con cierta influencia goyesca. 

Domingo no fue un epígono del fortunysmo; su mérito estriba en haberse sabido introducir en un mercado importantísimo –Vanderbilt, por ejemplo, fue cliente suyo– imponiendo su propio estilo. Los formatos –tableautins– y los temas eran similares a los de Fortuny, pero no su factura.

La gran facilidad y perfecta técnica de Domingo le llevaron a mantenerse cómodamente en los círculos comerciales que le daban bienestar económico, mientras los artistas más inquietos de su época, los impresionistas, luchaban aun penosamente por imponer una línea estética que con el tiempo desplazaría por completo a la que Domingo siguió. 

Retrato de caballero es la típica muestra de la pintura ochocentista con vocación museística. En la época en la que pintó este cuadro, recluido en la villa de Saint Cloud, junto al Sena, pintaba y dibujaba impremeditadamente, y su obra, que se expandía por el mundo, era cada vez menos conocida en España. 

La I Guerra Mundial le obligó a regresar a su país. Se instaló en Madrid, donde ya ni Sorolla ni Benlliure consiguieron que le concedieran la medalla de honor de la Exposición Nacional. Fue, eso sí, nombrado académico de número en la Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1917, y Mariano Benlliure, entonces director general de Bellas Artes, patrocinó un gran homenaje a su figura en Valencia. [Francesc Fontbona]