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Naufragio en una cala rocosa, 1757

Óleo sobre lienzo, 125 × 205 cm

Firmado y fechado en la zona inferior izquierda, en un barril: «C. BONAVIA / P. A. 1757»

PANTALLA COMPLETA

Carlo Bonavia

Activo en Nápoles entre 1751 y 1788

Apenas se conocen noticias biográficas de este pintor que se supone llegó de Roma a Nápoles poco antes de mediar el siglo XVIII, pues se conservan obras suyas datadas desde 1751 a 1788 ambientadas muchas veces en la ciudad partenopea y sus alrededores. Sigue las huellas de Salvator Rosa y Leonardo Coccorante, pero sobre todo se inspira en estilo y asuntos en Claude Joseph Vernet (1714-1789), activo en Nápoles en el decenio 17371746, hasta el punto en que todavía es frecuente la confusión en la atribución de obras no firmadas. Bonavia se caracteriza por sus paisajes y marinas, casi siempre espectaculares, mezcla de fantasía y realidad. Su clientela, como la de Vernet, tuvo que proceder en muchas ocasiones de viajeros británicos que realizaban el Grand Tour, pero su principal patrón conocido es el conde Karl Joseph Firmian, embajador imperial en la corte de Carlos VII Borbón de 1753 a 1758, quien consta que poseía hasta dieciocho obras de Bonavia, incluyendo paisajes y vistas con asuntos mitológicos y literarios (villa Firmian en Posillipo, 1756; ahora colección Harrach de Rohrau).

La pintura que nos ocupa resulta característica por la aparición de grandes nubarrones de tormenta, que descargan una tromba de agua provocando un mar alborotado con grandes olas que han causado el naufragio de un barco estrellado contra las rocas, mientras otro mayor y una barcaza se bambolean aún a cierta distancia de los acantilados. Junto a acontecimientos naturales sobresalientes, repetidos en sus cuadros –erupción del Vesubio, marinas con claro de luna (1757, National Motor Museum, Beaulieu), cascadas de Teverone (1755, Museo di Capodimonte, Nápoles, y 1787, The Honolulu Museum of Art), tormentas y naufragios costeros como el que comentamos– aparecen con frecuencia pequeñas figurillas de pescadores, campesinos o soldados. En este cuadro, mientras unos hombres se afanan por recuperar el barco o por rescatar unas barricas y otros conducen a uno de los desgraciados náufragos, espectadores curiosos contemplan la tragedia desde la elevada fortaleza. 

Los contrastes son elemento primordial en la producción de Bonavia. En esta pintura, las nubes grises de perfiles ondulantes se oponen tanto a las líneas rectas que definen la lluvia como a la espuma blanca de las olas; a pesar de la tormenta, asoma por la izquierda un purísimo cielo azul. Los acantilados aparecen coronados por fortalezas debidas a la mano del hombre, y más lejos, en tierra firme, se describe una ciudad de caserío diverso. El pintor solía representar simples ruinas más o menos inventadas, pero otras veces no desdeñó la reproducción de construcciones existentes: templo de Neptuno y puente de Calígula en Pozzuoli o Castel dell’Ovo en Nápoles, que copió de Vernet (ejemplar de 1746 del duque de Buccleuch) en dos ocasiones, la de 1758 en paradero ignorado y la de 1788 en Honolulu. Bonavia recurre a la composición en fuerte diagonal, desde las alturas de la izquierda del panorama hasta mar adentro, lo mismo que a la variación de luces y colores que acentúan los efectos casi prerrománticos. 

Frente al sosiego de visiones más topográficas, como las de Joli o Fabris, Bonavia expresa su sentimiento hacia la naturaleza a través de los contrastes y variaciones indicadas, y prolonga así por largo tiempo la vía del entendimiento del paisaje inaugurada en Nápoles por Vernet. Su cuidadoso oficio colabora al atractivo de obras cada vez más apreciadas. [José Manuel Cruz Valdovinos]