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Soupe française, 1983

Óleo y collage sobre lienzo, 220 × 270 cm

PANTALLA COMPLETA

Miquel Barceló

Felanitx, Mallorca, 1957

Con el inicio de la década de los ochenta se abrió paso una generación de artistas españoles jóvenes que trabajaron con el nuevo impulso proporcionado por la transición democrática. La década dejaba vislumbrar nuevas libertades recuperadas tras la dictadura, y la pintura –como sucedía también en otros países europeos y americanos– reconquistaba un papel relevante y pasaba a primera fila en el sistema internacional de las artes. La nueva pintura de los años ochenta reclamaba la libertad de dialogar con la historia del arte y las vanguardias; se planteaban lenguajes neoexpresionistas, neoclásicos o neopop en un momento de intensa efervescencia internacional con grandes exposiciones, bienales y documentas. Es en este contexto en el que surge en España la mencionada generación a la que pertenece Miquel Barceló. 

En 1981, y tras haber realizado sus primeros viajes a París y haber conocido de primera mano el expresionismo abstracto americano, Barceló mostró sus primeras figuraciones zoomórficas en una exposición madrileña, a partir de la cual se dio a conocer y fue «descubierto» e invitado a participar en la siguiente Documenta de Kassel y en una larga serie de exposiciones nacionales e internacionales. Sus primeras influencias incluyen también la pintura barroca y los maestros del Museo del Prado, como el propio artista expresó en una conferencia pronunciada en 1991 titulada Pradoxismo: «Vuelvo al Prado como un animal al abrevadero o como un insecto al charco, bebo de estas espesas aguas oscuras que alimentan y contemplo mi reflejo movedizo sobre el rostro imperturbablemente sereno de estos santos, reyes y vírgenes que son pintura y que tal vez nunca fueron más que pintura».

Soupe française [Sopa francesa] da cuenta de esta inspiración barroca reinterpretada, pues el plato con su cuchara hundida en el magma color ocre de la sopa remite en última instancia a la tradición bodegonista barroca, pero con un tratamiento de texturas de color y papeles pegados totalmente contemporáneo. Este plato de sopa también evoca las tierras y empastes de Dubuffet, Fautrier o Tàpies, referentes importantes para el pintor mallorquín. La sopa en la que los diversos alimentos se combinan, es metáfora de la propia pintura para Barceló: como la cocina, la pintura es un acto de transformación en la que el proceso va determinando en parte los resultados. 

Le dîner sur la mer [La cena sobre el mar] corresponde a una etapa en la que se afirma su proyección internacional, habiendo sido invitado, entre otras convocatorias, al Aperto de la Bienal de Venecia ese mismo año. La dimensión neoexpresionista de su pintura queda patente en su materia pictórica espesa e impetuosa. El recorrido turbulento del color se enreda en bucles y corrientes sobre las que destacan las líneas rojas que describen la silueta de la mesa. La relación de Barceló con la materia está marcada por una imaginación desbordante que convierte el acto de pintar en una manifestación orgánica de vida y a la pintura en gesto intenso del color a punto de desbordarse. [Carmen Bernárdez]