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El violinista Costa, hacia 1935

Bronce, 33 × 20 × 9 cm

Firmado en superficie izquierda de la base: «Manolo» Inscripción al dorso de la base: «Fundación Becchini»

PANTALLA COMPLETA

Manolo Hugué (Manuel Martínez Hugué)

Barcelona, 1872 – Caldes de Montbui, Barcelona, 1945

El postmodernismo significó, entre muchas cosas, la incorporación al arte catalán de algunos elementos de lo que en términos sociológicos se calificaría de subproletariado. Hombres de formación atípica y asistemática –aunque artistas natos–, socialmente oscuros, se sumaban a los grupos artísticos más significativos de su generación. Uno de los ejemplos más destacado fue el caso de Manolo Hugué. Se formó en la calle y siguió esporádicamente cursos en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona –la Llotja–, aunque su verdadero maestro fue el hoy absolutamente olvidado escultor Antoni Bofill i Conill. Tuvo empleos relacionados con su vocación artística: trabajos decorativos públicos o de auxiliar del taller de Eusebi Arnau o de la fundición Masriera y Campins. 

A finales de la década de 1890 había adquirido ya cierta notoriedad, de la que son pruebas el premio que ofreció Els Quatre Gats al mejor autor de una pieza escénica sobre la magia (1899), o el hecho de que Ramón Casas le incluyera en su galería de retratos de personajes coetáneos que expuso en 1899.

Tras un periodo en París, Barcelona y Arenys de Munt (Barcelona), se estableció de 1919 a 1927 en Ceret (Francia). Fue entonces cuando, buscando un clima apropiado para su poliartritis, se instala definitivamente en Caldes de Montbui, desde donde siguió realizando exposiciones.

La obra de Hugué, integrada básicamente por esculturas de tamaño manejable, en la que se mezclan los toreros con las afroditas y las manolas con las bacantes, entronca con el noucentisme catalán más auténtico y es desigual pero sincera, alcanzando a menudo hallazgos muy valiosos. Se basa siempre en el clasicismo, un clasicismo temperado por su sabiduría de hombre del pueblo que ha alcanzado una cultura sólidamente asumida. 

El violinista Costa es la típica estatuilla de Hugué que esquematiza la figura del violinista catalán Francesc Costa, cuyo estilo fogoso y desgarrado, y su físico, feo, picado de viruela y despeinado, hacían de él un personaje con gran carácter, que tentó a numerosos artistas plásticos –aparte del propio Hugué, que hizo también de él un excelente busto en 1935 1– como Ramón Casas, Valentín de Zubiaurre o Xavier Nogués, entre otros muchos. 

La datación de esta pieza es desconocida, pero por su estilo podemos situarla, sin duda, en la etapa de madurez, cuando ya se había reinstalado en Cataluña, donde tendría ocasión de tratar al violinista. A falta de otro dato más concluyente, apuntaría que puede ser contemporáneo del busto ya citado. 

Hugué fue no solo un escultor importante, sino también un pintor notable de raigambre fauvista. Pero tal vez por encima de todo fue un personaje extraordinariamente sugestivo. Su personalidad, enormemente vital, cristalizó en una particular filosofía de la vida entre culta y popular, entre trascendente y socarrona. [Francesc Fontbona]