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Paisaje, 1967

Óleo sobre lienzo, 100 × 120 cm

Firmado en el ángulo inferior izquierdo “José Guerrero”.

PANTALLA COMPLETA

José Guerrero

Granada, 1914 – Barcelona, 1991

José Guerrero fue, junto a Esteban Vicente, una excepción con respecto a sus coetáneos. Cuando los pintores españoles de la generación abstracta comenzaron a llegar a París con la idea de conocer el arte contemporáneo, Vicente y Guerrero se afincaron en Nueva York y fueron los dos únicos pintores españoles que tuvieron contacto con los miembros del expresionismo abstracto americano.

De origen granadino, Guerrero estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando (Madrid) residiendo en esos años en la Casa de Velázquez. En 1945, gracias a una beca del gobierno francés, tomó contacto con el ambiente artístico parisino. Este viaje no sería sino el inicio de un peregrinaje europeo que lo llevó a Suiza e Italia. En Roma conoció a la periodista norteamericana Roxane Whittier Pollock, con la que contrajo matrimonio en 1948. Al año siguiente la pareja se trasladó a Estados Unidos y en 1950 se instalaron en Nueva York.

Los inicios del pintor granadino en la ciudad no fueron fáciles pero en 1954, tras haber expuesto con Joan Miró en el Arts Club de Chicago, comenzó a trabajar con la marchante Betty Parsons, en cuya galería exponían Jackson Pollock, Mark Rothko y Barnett Newman. La relación con la action painting hizo que a finales de los años cincuenta la obra de Guerrero se viera marcada por el gesto, la densidad matérica y una sensibilidad por el color, que venía de sus años europeos.

El ambiente neoyorquino en el que el pintor granadino se desenvolvió exitosamente en esos años cambió completamente con la llegada del pop a principios de los años sesenta. Esta circunstancia, unida a una crisis personal, precipitó el regreso de Guerrero a España en 1965. Para entonces, la situación artística en nuestro país había cambiado: Juana Mordó había abierto su galería el año anterior y Fernando Zóbel inauguraría el Museo de Arte Abstracto Español en Cuenca al año siguiente.
 
La vuelta a España daría orden a su pintura. En cierta medida, la energía que hasta el momento había tendido a desparramarse por el lienzo comenzó a equilibrarse. Aunque las tensiones gestuales siguieron estando presentes, las composiciones pasaron a tener un mayor equilibrio. Este proceso de ordenación puede verse claramente en un lienzo como Paisaje (1967). En él, la tensión queda plasmada en el sentido direccional de las dos grandes extensiones de color. Sin embargo, mientras estas apuntan en una dirección, la presencia de una serie de contrapuntos en rojo, a modo de flechas, equilibra la composición. 

La obra de estos años es, como ha expuesto Juan Manuel Bonet, la que consolida lo que podría llamarse «el sistema Guerrero». Es entonces cuando el pintor comienza a conceder importancia a los límites, a las fronteras, a las zonas en las que empieza o termina un color. En la década siguiente estos espacios limítrofes se convertirán en una de las preocupaciones principales del artista: la acción ya no sucederá en el centro del lienzo sino en las esquinas, en esas bandas limítrofes que intuitivamente señala ya Paisaje. [Inés Vallejo]