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Cristo flagelado, hacia 1616

Madera tallada y policromada, 74 × 39 × 31 cm

PANTALLA COMPLETA

Gregorio Fernández

Sarria, Lugo, 1576 – Valladolid, 1636

Gregorio Fernández poseyó una gran capacidad para la invención y dejó patente su originalidad y destreza técnica. En 1606 aparece en Valladolid dentro del círculo de Pompeo Leoni y en esa ciudad se asienta de forma definitiva. Fue autor de grandes conjuntos monumentales y definidor de grupos procesionales de Semana Santa. Su influencia, gracias a su clientela integrada por la nobleza, cabildos y grandes órdenes religiosas, se extendió rápidamente por Castilla diseminando su obra por gran parte de la geografía española, Portugal o Perú. Felipe IV le reconoció como el mejor escultor de sus reinos. El realismo de muchas de sus obras alcanzó cotas de extremo verismo, convirtiendo en verosímil la apariencia de lo verdadero sin perder de vista la belleza ni la sublimación de los sentimientos. Su arte representa a la perfección los postulados de la Contrarreforma y sienta, en fechas tempranas, las bases de la escultura propiamente barroca.

Ninguno de los relatos evangélicos especifica de qué forma recibió Cristo el injusto castigo del azotamiento ordenado por Pilatos, pero la imaginación hizo necesaria la presencia de una columna a la que se maniató a Jesús, la devoción multiplicó el número de latigazos que padeció el Redentor en su pecho y espalda y fue habitual recordar la presencia de los crueles verdugos.

Las cofradías de disciplinantes callejeros que durante la Semana Santa acompañaban las insignias o «pasos» procesionales contribuyeron a revivir, con sangre incluida, la tragedia sucedida en casa del gobernador romano en Jerusalén. La llaga «que a nuestro Jesucristo le hicieron en sus sagradas espaldas con la muchedumbre de azotes que a su majestad le dieron» fue motivo de veneración, solicitándose de Roma, por parte de la cofradía de la Vera Cruz de Valladolid, indulgencias y jubileo para aquellos que se flagelasen.

En este tipo iconográfico de Jesús atado a la columna creado por Fernández, Cristo aparece junto a una columna baja y troncocónica inspirada en la que se conserva desde el siglo XIII en la iglesia romana de Santa Práxedes, provocando con su lastimoso estado la compasión del espectador en una búsqueda intencionada por impresionar al creyente y atraer al incrédulo.

La procedencia de este ejemplar de Fernández, que completa una larga lista como prueba de la aceptación que tuvo en el mundo de la Contrarreforma (convento del Sacramento, Madrid; convento de la Inmaculada, Valladolid; convento de San José, Calahorra; penitencial de la Vera Cruz, Valladolid; convento Santa Teresa, Ávila), no se ha podido averiguar, pero dado que se trata de un tema muy característico de la religiosidad carmelitana podría plantearse la posibilidad de que este fuese su origen. Su tamaño, inferior al natural, permite sospechar una procedencia privada que le tributaría culto en oratorio o clausura.

Debe ser estimada como obra de primer orden, producida por la propia mano del maestro y dentro de su mejor momento, uniéndose en ella el clasicismo de su forma con la intensidad de la emoción religiosa. El tratamiento del desnudo, la expresión de la cabeza, que posee ojos de cristal, y la finísima talla de cabello y barba, tanto como la columna, son característicos del maestro. Su encarnación realza su naturalismo aunque no se detiene excesivamente en la sangre, y la policromía de su paño de pureza es semejante al de la pañoleta de la Verónica del «paso» del Camino del Calvario (Museo Nacional de Escultura, Valladolid) encomendado al escultor en 1614, y puede ponerse también en relación con otras muchas obra suyas como, por ejemplo, el paño que cubre el desnudo del ladrón Dimas (1616).

En relación a otros Cristos similares, del que estilísticamente se halla más cercano es del conservado en el convento de la Encarnación de Madrid, puesto que su actitud tampoco ofrece el arqueamiento de otros y presenta parecida morbidez, estando próxima su cronología al año 1616, momento en que se inaugura aquel convento. [Jesús Urrea]