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El juramento de Cayo Mucio Scevola, hacia 1656

Óleo sobre lienzo, 77 × 100 cm

Firmado en la zona central: «B. Keilhav»

PANTALLA COMPLETA

Eberhart Keilhau (Monsù Bernardo)

Helsingør, Dinamarca, 1624 – Roma, 1687

Hijo del pintor alemán Caspar Kagelhoff y de madre flamenca, Eberhart Keilhau aprendió en Copenhague con Morten van Steenwinkel y en Ámsterdam con Rembrandt, entre 1642 y 1644, y Hendrik Uylenburgh; posteriormente, abrió obrador propio. En 1651 abandonó la ciudad, pasó por Colonia, Fráncfort y Augsburgo y recaló en Venecia. Protegido por Giovanni Carlo Savorgnan, fue influido sobre todo por Domenico Fetti, de quien tomó la pincelada vibrante, el realismo pintoresco y numerosos tipos humanos. Pintó en Bérgamo en 1654 (monasterio de San Bartolomé), en Rávena al servicio del cardenal legado Acquaviva y en Rímini en 1655 (grandes cuadros de La pascua judía y David y Saúl para el Oratorio della Gomma, ahora en la Pinacoteca Civica). En 1656 se estableció en Roma y un año más tarde se convirtió al catolicismo y se casó con Ursola Tronati, con la que tuvo seis hijos. Su nombre, de difícil pronunciación para los latinos, llevó a que fuera conocido en Italia como Monsù Bernardo. 

Se dedicó con frecuencia a series de las edades del hombre, los sentidos, los elementos y las estaciones. Pero en El juramento de Cayo Mucio Scevola el asunto representado es una leyenda romana que recogieron con variantes Tito Livio (Ab urbe condita, 2, 12-13), Valerio Maximo (Factorum et dictorum memorabilium, III, 3.3.1) y Plutarco (Parallela  minora, 2, con Agesilao). Porsena, rey de los etruscos, sitió Roma y Cayo Mucio, para salvar la República, acudió a su campamento para matarle, pero se equivocó con uno de sus oficiales. Detenido, demostró su determinación al dejar que su mano derecha se quemara en el fuego mientras afirmaba que cuatrocientos romanos estaban dispuestos a hacer otro tanto para librar a su ciudad. Porsena, asombrado, le perdonó la vida y firmó la paz. Desde entonces recibió el sobrenombre de Scevola o zurdo. El hecho, tomado como ejemplo de heroísmo y de otras virtudes, fue difundido a través de manuscritos medievales con iluminaciones y luego sirvió de asunto a numerosas pinturas, dibujos y estampas en los siglos XVI y XVII.

La obra muestra características propias del danés: tamaño medio, formato apaisado, composición compacta con varias medias figuras pero con fondo abierto. Más importante es el realismo de los personajes, que roza incluso la vulgaridad en el protagonista, los rostros graves y serios más allá de lo que se narra, los gestos simples sin brusquedad, el sobrio acuerdo entre colores cálidos –de cierto recuerdo rembrandtiano– y otros fríos, de ascendencia veneciana, en el manto del héroe, con luces y contraluces derivadas de un tenebrismo evolucionado. [José Manuel Cruz Valdovinos]