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Pasadizos vegetales, 2003-2004

Resina de poliéster y polvo de bronce, 284 × 561 × 383,5 cm

PANTALLA COMPLETA

Cristina Iglesias

San Sebastián, 1956

El trabajo de Cristina Iglesias tiene mucho de escultura arquitectónica, de espacios que se cruzan, se bifurcan y se anulan; espacios que a veces simulan el mar y a veces el bosque y que de pronto son lienzo y superficie. Aunque, para ser exactos, más que adecuarse a los espacios, las obras de Iglesias crean lugares que envuelven a los espectadores y van construyendo un sentido tridimensional insospechado y mágico, capaz de arrastrar al visitante hacia una experiencia donde se mezclan las sensaciones.

Juegos de luces, relatos que se camuflan, trampantojos del mejor Barroco español, tradición velazqueña de desvelamientos y ocultaciones… son algunas de las características del vocabulario riquísimo de la escultora, una de las artistas más notales de su generación, quien muestra el talento a la hora de «tomar» territorios –no en vano su producción incluye numerosos proyectos de «escultura pública», como las puertas de la ampliación del Museo del Prado–. Iglesias posee así, en primer lugar, la habilidad de construir trastrocamientos espaciales y cierta revisión sistemática de los materiales, uno de los grandes logros de sus propuestas, sobre todo en las acumulaciones vegetales que con frecuencia sitúan la mirada del espectador en una paradoja: la de un bosque profundo que coquetea con la noción de un fondo marino. Cualquier material –desde hierro hasta tapices– termina por ser incorporado con comodidad a la producción de la artista, que va delimitando a lo largo de los años los temas con una poética personalísima.

Las obras de la Colección Banco Santander resumen algunas de las citadas cuestiones en un periodo de unos quince años. En la temprana pieza de alabastro de 1990, Iglesias crea un extraño espacio para habitar, un nuevo concepto de lugar que se dibuja también a través de la luz potenciada por la transparencia del material utilizado. Es casi un juego de vidriera medieval que confiere a la obra su sensación de espacio flotante, ese mismo tipo de espacio que retoma en la obra Pasadizos vegetales, donde aparece el recurso vegetal que con tanta destreza desarrolla Iglesias por esos años. Se trata de construir una estructura en cuyo interior crece un bosque de metal imponente que, como ocurre cada vez con las obras de Iglesias, exige del espectador complicidades para penetrar esos espacios ambiguos y misteriosos que apelan a plantas inesperadas, raras, semejantes al catálogo de vegetaciones inventadas y extrañas que propone la novela A contrapelo de Joris-Karl Huysmans, uno de los autores favoritos de la escultora, que a menudo vuelve los ojos hacia la literatura, de forma explícita o implícita, en muchas de sus creaciones. [Estrella de Diego]

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