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Puerta del monigote, 1979

Óleo sobre tabla, 65 × 92 cm

Firmado en el ángulo inferior derecho: «Amalia Avia» Inscripción al dorso: «Amalia Avia, 1979 / Puerta del monigote»

PANTALLA COMPLETA

Amalia Avia

Santa Cruz de la Zarza, Toledo, 1930 – Madrid, 2011

Amalia Avia fue una de las grandes cronistas de la España de los años setenta, ochenta y noventa, y concretamente de la villa de Madrid. Tras una infancia y primera juventud marcada por el dolor de la guerra y la posguerra, comenzó su carrera como pintora en los años cincuenta en el estudio de Eduardo Peña en Madrid. En esos años, en el entorno de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, comenzó a conocer a muchos de sus amigos y posteriores compañeros de generación: Antonio López, Julio López Hernández, María Moreno, Isabel Quintanilla, Francisco López Hernández... tantas veces agrupados todos bajo la recurrente etiqueta de «realismo madrileño».

La obra Puerta del monigote es un exponente paradigmático de su forma de pintar. Sin mucha presencia del color, con una preponderancia de los grises y los tierras, la artista centra su mirada en las calles, fachadas, tiendas y garajes de nuestras ciudades, rincones que están ahí pero en los que solo ella parece fijarse. Son lugares desgastados por el tiempo, desconchados, rincones que poco a poco se van perdiendo, pero que a ella le atraen enormemente desde un punto de vista plástico.

Avia nunca se consideró una pintora hiperrealista, ni fue la perfección técnica lo que más le preocupó. Sin embargo, sí que valoró enormemente el aspecto plástico de los cuadros. La resolución pictórica de esos temas que fotografiaba (preferiblemente en blanco y negro) y que luego pintaba en la soledad de su estudio, es muy física, muy matérica. Ella dijo en muchas ocasiones sentirse pictóricamente más cerca del tratamiento plástico de ciertos informalistas como Lucio Muñoz, su marido, que de la obra de otros realistas. Y, ciertamente, la utilización de encuadres cercanos, la ausencia de profundidad, la luz plana, las superficies ásperas, los colores mates y muy terrosos, parecen redundar en esto, como si el cuadro fuera más un fragmento de la realidad que una representación, más una pared que una ventana.

Puerta del monigote pertenece a una época en que la figura humana ya había desaparecido casi por completo de su pintura. Anteriormente, en los años sesenta, su pintura había tenido un marcado carácter social y proliferaban las personas, aunque siempre con un rol discreto, anónimo, más masivo que individualizado. Pero esta presencia de lo humano va reduciéndose progresivamente hasta quedarse en lo esencial: la huella humana. En cuadros como Puerta del monigote no vemos personas, pero sabemos que han pasado por allí. Vemos, por ejemplo, sus pintadas o sus carteles. Notamos más que su presencia, su ausencia. No en vano, Camilo José Cela denominó a Avia como la pintora de las ausencias, la amarga cronista del «por aquí pasó la vida». [Rodrigo Muñoz Avia]